EL PÉNDULO ELECTORAL: ENTRE SEGUIR EN LO MISMO O LO CAMBIAMOS CON NUESTRO VOTO
Esta campaña electoral ha estado marcada por un
fenómeno clave: el poder transformador de los DEBATES PRESIDENCIALES. Lejos de
ser un mero trámite, las seis jornadas de debates organizadas por el Jurado
Nacional de Elecciones (JNE) han demostrado ser el termómetro definitivo de la
campaña, reconfigurando por completo el tablero electoral, reduciendo
drásticamente la indecisión ciudadana y haciendo que los que lideraban las
encuestas durante meses, ahora se estén cayendo en la intención de voto.
Si bien una gran parte de peruanos no creemos
en las encuestas, pero ellas han mostrado que los debates han sido el gran ordenador
del voto. Las últimas encuestas post debates, muestran una caída del voto
blanco/viciado del 40% al 16% en promedio, en menos de un mes; lo que evidencia
que, los ciudadanos han encontrado en estos cara a cara los elementos para
definir su preferencia.
Más allá de las cifras de las encuestas sobre los
candidatos, el contexto y escenario social es el gran protagonista silencioso de estos comicios. Llegamos a las
elecciones en un estado de “DEMOCRACIA
HÍBRIDA” (esta democracia YA NO es democracia) y con niveles de desconfianza
institucional alarmantes. Según reportes de la Defensoría del Pueblo, el país
registra un promedio de 230 protestas mensuales (huelgas, bloqueos, marchas),
evidenciando una tensión constante entre la ciudadanía, el Estado y las empresas.
El detonante de este malestar es múltiple. Por
un lado, la inseguridad ciudadana se
ha convertido en la principal demanda. El 68% de los peruanos consideramos al
crimen, la extorsión y la violencia como el problema más grave, una cifra muy
superior al promedio latinoamericano. Por otro lado, la corrupción sigue siendo una sombra omnipresente, alimentada por
la percepción de que el Congreso actúa como una “coalición autoritaria”, un
Pacto Mafioso que blinda sus propios intereses. Solo con recordar que entre el
2019 y 2023, la pérdida de dinero estatal por corrupción superó los 110 mil
millones de soles, impactando sobre obras de salud, educación y transporte.
Este clima de frustración y pesimismo ha
moldeado el comportamiento electoral, tanto que apareció una Campaña del “POR ÉSTOS NO”, justamente por aquellos
candidatos y partidos que, en un Pacto Destructivos, nos gobiernan desde el
Congreso. Por eso considero en que el voto actual no es tanto ideológico como
pragmático: los peruanos buscamos orden, seguridad y un antídoto contra la
corrupción y el colapso institucional, lo que explica el ascenso de figuras que
representan la “mano dura” o la renovación radical fuera del establishment.
Sin embargo, la sombra de la inestabilidad y desorden es larga, lo arrástranos
tal cual: “Largo tiempo el peruano
oprimido la ominosa cadena arrastró”. Nuestro Perú ha tenido una sucesión
de presidentes y crisis de gabinete que han erosionado la fe en el sistema. Una
permanente crisis que no comenzó en 2026, sino que es el resultado de un ciclo
iniciado en 2016 con el DESCONOCIMIENTO
DE RESULTADOS ELECTORALES Y EL POSTERIOR “PARLAMENTARISMO DE FACTO” que ha
vaciado de poder al Ejecutivo.
La pregunta que flota en el ambiente político
es si las elecciones del 12 de abril lograrán estabilizar el país o si, por el
contrario, profundizarán la fragmentación. El crecimiento de candidatos
outsiders y la resistencia de figuras tradicionales como Keiko Fujimori,
plantean un escenario de polarización.
Lo que tengo claro es que, en un país donde los
presidentes “caen” pero las estructuras de poder congresales se mantienen, el
ganador de la presidencia ENFRENTARÁ EL
DESAFÍO MÁS COMPLEJO de las últimas décadas: gobernar para una sociedad
harta, en un Congreso fragmentado y con una credibilidad institucional en
mínimos históricos, y todavía CON MÁS PODER ahora por su Senado. El 12 de
abril, Perú no solo vota; decide si es
posible reconstruir el puente entre la calle y los poderes que nos gobiernan
desde el Gobierno y ahora el Parlamento Bicameral.

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